AL VUELO-Propina

AL VUELO-Propina

Por Pegaso

Si usted no tiene para pagar una buena propina después de comer en un restaurante, mejor quédese en su casa a comer frijoles en bola, que es para lo que le alcanza.
Esa es la tesis que maneja un jovenazo en un video que vi en las redes sociales.
Según comenta, él trabaja de mesero en un restaurant. A la mesa que le tocó atender, se sentó un caballero, el cual pidió una opípara comida cuyo costo final fue de más de dos mil pesos.
Pero resulta que, de propina, solo le dejó 20 pesos.
El indignado mesonero se los arrojó a la cara y le dirigió esas aladas palabras.
Su historia no dice cómo terminó; si el comensal se ofendió y puso una queja, si le contestó con un recordatorio maternal, si lo corrieron del restaurante o si se agarraron a utazos.
Aquí, lo relevante, es que dar propina no es obligación.
La Ley Federal de Protección al Consumidor establece bien claro que se trata de una gratificación que da el cliente cuando se siente satisfecho del servicio.
Sin embargo, hay establecimientos que incluyen la propina en la cuenta, y eso no se vale.
Yo visito diariamente uno o dos restaurantes donde suelo degustar una aromática taza de café. Generalmente dejo una propina de veinte pesos y hasta ahora ningún mesero me ha puesto cara de fuchi.
En consumos más abundantes, hago un cálculo para dejar el 10%, o un poquito más.
En el caso del chamacón del video, a mí me parece que anda meando fuera del hoyo.
Si todos pensaran como él, entonces nos dirían:
-Si viene al supermercado y no tiene para darles propina a los cerillitos, mejor váyase a la tiendita de la esquina.
-Si usa un estacionamiento y no tiene para darles propina a los guachacarros, mejor váyase a pie.
-Si va en su coche por la calle y no tiene para darle propina a un limpiaparabrisas, mejor use una bicicleta.
Y así, sucesivamente. Bajo esa lógica, todos deberíamos salir a la calle con una bolsa de morralla encima, ya que si vamos al OXXO o al Seven, tenemos que darle algo al viejito que nos abre la puerta, o al limosnerito que nos mienta la mamá si no le damos una moneda, o al que nos lleva la pizza hasta la casa.
Hay un judío con aspecto de rabino que suele dar consejos de economía.
Ya sabemos que los judíos son los dueños de la riqueza mundial, pero por algo bien básico: Matarían a sus mamacitas por ganarse cinco centavos.
Así que, el consejo de ese rabino sobre las propinas es el siguiente: No dé la propina al final de su comida en un restaurante, porque eso lo pone en la misma situación que los demás, y se expone a una mala atención.
Mejor entregue su aportación al principio, y que ésta sea generosa. Así, tendrá para usted solo la atención personalizada y afanosa del mesonero.
Tenga o no razón, sepan mis dos o tres lectores que los meseros siempre van a estar esperando su propina. Malamente, en muchos restaurantes les dan un sueldo de miseria precisamente porque los propietarios saben que cada uno de ellos se lleva a su casa diariamente entre mil y mil quinientos pesos, de acuerdo con la importancia o la ubicación del negocio. Y hay hasta quienes exigen que les den parte de lo obtenido.
Por eso termino mi colaboración de hoy con el refrán estilo Pegaso: “Y tu palanqueta, ¿con qué características la apeteces?” (Y tu paleta, ¿de qué la quieres?)

Comentarios

Aún no hay comentarios. ¿Por qué no comienzas el debate?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *