Por Pegaso
En el idioma de los pelos de elote no hay insulto más grave que decirle a alguien que es la perra de otro.
En México el uso de esa locución es novedoso y poco frecuente. Lo vemos comúnmente en películas gringas donde no falta quien haga uso de esa frase para ningunear a algún rival o enemigo.
Hace unos días, cuando llegaba a un estadio para presenciar un partido de futbol mundialista, el magnate televisivo Rucardo Jalinas Priego, alias “El Tío Rochie”, fue recibido por furibundos chairos que le dijeron: “¡Eres la perra de El Trompas!”
El video se viralizó. El dueño de Tele Aztuerca y de Alektra no sabía dónde meter la cabeza. Se escabulló y retiró a su limusina pensando cómo contestaría en su cuenta de X a tan infamante vituperio.
Pero en vista de que no he sabido si hubo tal respuesta, yo creo que se tuvo que quedar con el coraje. Lo último que muestran de él las redes sociales es que se fue de vacaciones con su vieja a un país europeo.
En el argot de los norteamericanos, decirle a alguien: “Eres la perra de fulano” equivale en México a mentar mil veces la madre.
Está tan arraigado, que a los güeros les sirve como una fuerte catarsis.
“Eres la perra de El Trompas”, en este caso, significa que Rucardo Jalinas es objeto de uso sexual del presidente norteamericano. En palabras de la raza mahuacatera: Es su vaina.
Créanmelo o no, les puedo asegurar que después de este episodio, el insulto se va a quedar en la memoria colectiva de los mexicanos y pasará a formar parte del amplísimo repertorio que tenemos para insultar.
Hay estudios muy serios en torno a los efectos que tienen las malas palabras, insultos, agravios y maledicencias en nuestra mente, cuando somos nosotros los que las proferimos. Se liberan un chingo de endorfinas que nos hacen sentirnos eufóricos.
El efecto es contrario cuando las dirigen a nuestra persona. Entonces, nuestro cuerpo segrega adrenalina, preparándonos para partirle la madre al majadero.
En México es todo un arte insultar. Los chilangos han hecho del albur una exhibición de habilidades lingüísticas y agilidad mental.
Todo consiste en que dos individuos empiezan a lanzarse frases o palabras que tienen por objeto la penetración simbólica del otro.
Cuando a Lourdes Ruiz Baltazar (foto), quien fue conocida como “La Reyna del Albur” le preguntaban: “Oiga, pero usted no tiene pene para penetrar”, ella respondía: “Pero tengo dedos”.
Así que el albur es básicamente la habilidad para “cogerse” al otro verbalmente, sin importar con qué. Por eso también lo pueden practicar las mujeres, aunque hasta ahora es casi exclusivo de los santos varones.
Como consecuencia, la frase: “Eres la perra de fulano” pronto deberá ser incorporada al florido léxico de las clases bajas y no tan bajas de nuestro Mexicalpan de las Tunas querido.
Mientras eso ocurre, nos quedamos con el refrán estilo Pegaso: “Cuando la hembra de Canis familiaris es feroz, incluso a su propietario agrede”. (De que la perra es brava, hasta al amo muerde).

