Por Pegaso
Entre 1941 y 1953, el panorama musical en México era dominado por una figura de grandes dimensiones artísticas: Jorge Negrete.
Su presencia imponía, pero su voz educada, fina y potente lo colocaron rápidamente en las preferencias de millones de mexicanos.
Falleció joven. Tenía apenas 42 años cuando murió de hepatitis en Los Ángeles, California. El pueblo lo lloró como nunca antes lo había hecho con nadie. A su sepelio acudieron las más encumbradas figuras del espectáculo y la política, además de que, en el trayecto se arremolinaban miles de personas que lloraban esa norme pérdida.
Fue en la tarde del 5 de diciembre de 1953 cuando todas las estaciones de radio del país dieron aviso de la muerte de Jorge Negrete y se guardaron cinco minutos de silencio en la totalidad de las salas de cine.
Por fortuna, cuando Negrete estaba aún en la cima, detrás de él venía un cantante mucho más carismático, con una voz profunda, suave y repleta de sentimiento.
En “Dos Tipos de Cuidado” podemos ver cara a cara a Pedro Infante frente a su ídolo Jorge Negrete.
De 1939 a 1957, la voz del Carpintero de Guamúchil se escuchaba en todas partes. Poco a poco la gente empezó a idolatrarlo, sin olvidar del todo a su antecesor.
Pedro Infante, a juicio de muchos críticos y especialistas en música ha sido la máxima estrella de la música ranchera mexicana.
Tras su muerte (falleció a los 34 años) nadie pensó que alguna vez alguien ocuparía su lugar.
El trono que primero fue ocupado por Negrete y luego por Infante, estuvo vacante un corto tiempo antes del surgimiento del siguiente inmortal.
Del funeral de Pedro se dijo que superó en número al de Jorge, así como en las muestras de dolor sincero que sufrieron millones de mexicanos cuando se dio la noticia del fatídico accidente aéreo en que perdió la vida.
Sobre el hecho se han tejido varias historias fantasiosas, incluyendo aquella que decía que no había muerto y que un viejito sin carisma que lo andaba imitando, llamado Antonio Pedro, era realmente el verdadero ídolo de las multitudes.
En cierta ocasión, en la cúspide de su carrera, Pedro Infante pasó por el taller de su maestro de canto para saludarlo y desde lejos, sin ver siquiera quién cantaba, pudo disfrutar de la hermosa voz que salía de uno de los salones. “Este va a llegar lejos”-le dijo a su tutor. Y se fue del lugar, no sin antes despedirse efusivamente, como fue él en vida.
¿Y quién era aquel que cantaba con tanto sentimiento como para impresionar al mismísimo Pedro Infante?
Javier Solís, aunque inició su carrera en 1950, consolidó su carrera hasta después de la muerte de Infante. Al principio nadie pensó que llegaría al nivel de los dos primeros, pero pronto su voz -una mezcla de la potencia de Jorge Negrete y la suavidad de Pedro Infante- llegó a todos los rincones de México y el mundo. Entonces, quedó completo el firmamento mexicano con estas tres grandes estrellas, con estos tres inmortales de la canción ranchera.
Solís falleció en 1966 -también a los 34 años- por complicaciones de una peritonitis, pero su legado quedó para la posteridad y fue conocido como “El Rey del Bolero Ranchero”.
Hago toda esta historia porque han salido en Facebook personas que comparan a estos tres grandes y a otras figuras de menor relieve, como José Alfredo Jiménez y Antonio Aguilar, y en la gran mayoría de las opiniones, Javier Solís y Pedro Infante son considerados los mejores cantantes que ha dado México al mundo, en ese orden.
Luego meten por ahí al Chente Fernández, quien jamás llegó a los niveles de calidad interpretativa ni el carisma de los tres grandes. Para mí, ese es un mal chiste.
Y el refrán estilo Pegaso dice así: “Individuo que es excelente ave gallinácea, en todo cerco para la crianza de aves de corral emite sonidos guturales”. (El que es buen gallo en cualquier gallinero canta).

