Por Pegaso
La belleza y la política. Una mezcla explosiva.
¿Quién no quiere tener como representante a una mujer o un hombre de apariencia agradable y juvenil?
Créanme cuando les digo que en estas elecciones tendremos no una, ni dos, ni tres, sino decenas de hombres y mujeres, más mujeres, que la única ventaja que tienen es la hermosura. Rara avis es aquella o aquel que reúnen hermosura e inteligencia.
He visto a varios y varias que ya se están posicionando para ser consideradas como candidatos a alcaldes o diputados.
Yo, Pegaso, no tengo nada en su contra, ni me considero misógino, pero el hecho de utilizar los atributos físicos para lograr puestos políticos, resulta al menos sospechoso.
Sospechoso porque se antoja pensar -y en algunas ocasiones resulta ser verdadero- que los políticos más encumbrados les ofrecen apoyarlas en sus aspiraciones a cambio de favores carnales.
No es nada nuevo ni hay por qué escandalizarse. Se supone que ya son mayorcitos y tienen derecho de hacer de su cuerpo un papalote. Sin embargo, todo eso suena más a prostitución.
No digo que no haya mujeres lindas y hombres atractivos que llegan por sus propios méritos, sin necesidad de pasar por las armas de nadie.
El sospechosismo de la belleza en la política es un hecho y forma parte del ecosistema del servicio público de nuestro país.
Porque, de hecho, las mujeres feyoyas que han logrado posiciones lo han hecho por ser cabronas, no por que fueron apadrinadas por algún viejón calenturiento.
Acuérdense de Elba Esther Gordillo, que no le pedía nada a la Gilbertona.
Y por el rumbo de los hombres, la verdad es que tampoco curten malas vaquetas. Siendo un fenómeno mucho menos frecuente que el de las féminas, es bien sabido que en la política, el espectáculo y en otros aspectos, triunfa más aquel o aquella que tienen buen padrino o padrina.
Bajo este argumento, Frenández Norroña no debería estar en la cumbre de la política nacional, porque está más feo que Danny Trejo, pero aquí también entra la ley de los poco agraciados: Deben ser cabrones de a deveras.
En fin. Prepárense para observar una pasarela de bellezas en los distintos distritos electorales y cabeceras municipales.
Quien está al pendiente de los medios convencionales de comunicación y las redes sociales ya han visto las caras bonitas que se empiezan a perfilar, y seguramente han pensado: “¡Demonios! Yo sí votaría por esta o por este, aunque tenga la cabeza hueca”.
Hace más de un año, en plena elección de jueces y magistrados, hubo una candidata que utilizó sus atributos físicos para buscar el triunfo en Chihuahua. No sé si lo logró. Tenía un cuerpo espectacular y usaba unas minifaldas que quitaban el aliento. No sé si ganó la elección, pero ahí quedó demostrado que la belleza física es un arma política formidable.
¡Se imaginan si todas las candidatas y candidatos fueran así! Tendríamos congresos y gobiernos convertidos en pasarelas de modelaje.
Dicho lo anterior, yo estoy más a favor de la meritocracia. Que quien demuestre más conocimientos y tenga un mejor trabajo en la sociedad, sea quien guíe los destinos de la ciudadanía en los siguientes tres años, sin importar que esté feo o guapo.
Viene, pues, el refrán estilo Pegaso: “Reflexiona negativamente y obtendrás certeza”. (Piensa mal y acertarás).

