¿Soy la mala por irme de mi propia boda y pedir la anulación después de cortar el pastel?

¿Soy la mala por irme de mi propia boda y pedir la anulación después de cortar el pastel?

(De las redes sociales). Todavía tiemblo cuando recuerdo ese momento. El salón estaba perfecto, las luces creaban esa atmósfera mágica que había imaginado durante meses, y todos nuestros seres queridos nos rodeaban con sus sonrisas. Había sido un día de ensueño hasta ese preciso instante.
“Amor, una cosa”, le había dicho a Marco semanas antes, mirándolo directamente a los ojos mientras planeábamos cada detalle. “Una sola regla que necesito que respetes. Por favor, por favor, no me embarres la cara con el pastel. Es lo único que te pido.”
Él había reído, besándome la frente. “Tranquila, mi vida. Lo prometo. Sé lo importante que es para ti.”
Pero ahí estábamos, frente a ese hermoso pastel de tres pisos decorado con flores de azúcar que mi mamá había ayudado a elegir. La fotógrafa se había posicionado, todos tenían sus teléfonos listos. Tomamos el cuchillo juntos, cortamos la primera rebanada entre aplausos.
Lo vi en sus ojos. Esa chispa traviesa, esa mirada cómplice hacia su hermano que estaba grabando. El tiempo se ralentizó.
“Marco, no…” alcancé a susurrar.
Pero ya era tarde. Sentí el golpe frío y húmedo del pastel estrellándose contra mi cara con tanta fuerza que el betún me entró por la nariz. La crema se deslizó por mi cuello, manchando el encaje del vestido que mi abuela había bordado a mano. El maquillaje que había tomado dos horas aplicar se convirtió en un desastre pegajoso.
“¡SORPRESA!” gritó él entre carcajadas, mientras sus amigos estallaban en risas y aplausos.
Me quedé congelada. Podía sentir cómo todos me miraban. Algunas personas reían incómodas, otras habían dejado de hacerlo al ver mi expresión. Las lágrimas comenzaron a brotar, mezclándose con el betún rosado que me cubría el rostro.
“Amor, es solo una broma,” dijo Marco, todavía sonriendo, extendiendo la mano para limpiarme. “No te enojes, es tradición.”
“Me lo prometiste,” susurré, mi voz quebrándose. “Te lo supliqué.”
“Ay, no seas dramática. Es solo un poco de pastel…”
Algo se rompió dentro de mí en ese momento. No era solo el pastel. Era la promesa rota, el verme humillada frente a todos, el darme cuenta de que mi opinión no había importado cuando sus amigos le presionaron para “hacer la broma épica.”
Me giré, forcé una sonrisa que debió parecer más una mueca, y caminé hacia el baño con la cabeza en alto mientras las lágrimas caían libremente. Mi dama de honor me siguió, pero le pedí que me dejara sola.
Me miré al espejo. El rímel corrido, el vestido manchado, mi cara cubierta de crema. Pero lo que más me dolió fue verme a los ojos y reconocer que acababa de casarme con alguien que había ignorado mi única petición por unas risas.
Respiré profundo, me limpié lo que pude, y salí decidida. Busqué a mi papá entre la multitud. Él ya venía hacia mí con expresión preocupada.
“Papá,” le dije con voz temblorosa pero firme. “Necesito que saques a Marco del salón. Ahora.”
“¿Qué? Mija, ¿qué pasó?”
“Por favor. Confía en mí. Esto terminó.”
Mi padre me conoce desde que nací. Vio la determinación en mis ojos y asintió. Habló con dos de mis tíos, y entre los tres escoltaron a un Marco completamente confundido hacia afuera mientras yo pedía al DJ que detuviera la música.
“Lamento informarles que la celebración ha terminado,” anuncié con voz clara a pesar del nudo en mi garganta. “Gracias por venir. Los amo a todos.”
La confusión era palpable. Algunos pensaron que era parte de alguna dinámica extraña. Mi mejor amiga corrió hacia mí.
Al día siguiente, todavía con el vestido colgado como un fantasma en mi habitación, llamé a mi abogado.
“Quiero anular el matrimonio,” dije sin rodeos.
“¿Anular? ¿Estás segura? Acabas de casarte ayer…”
“Exactamente. Por eso califico para anulación. Diez minutos de matrimonio fueron suficientes para confirmar que cometí un error.”
Ahora, dos semanas después, mientras espero que se procesen los papeles, mi teléfono no para. La familia de Marco dice que soy exagerada, que destruí un matrimonio por “una bromita.” Algunos amigos mutuales piensan que debí “comunicarme mejor” o “darle una oportunidad.” Mi mamá me apoya pero pregunta si realmente fue tan grave. Hasta mi hermana dice que tal vez actué impulsivamente.
Pero yo sigo viendo esa mirada en sus ojos. Esa decisión consciente de ignorar lo único que le pedí que no hiciera, en el día más importante de mi vida, por popularidad frente a sus amigos.
**¿Entonces, soy la mala por irme de mi propia boda y pedir la anulación porque mi esposo rompió la única regla que le había puesto?**

Comentarios

Aún no hay comentarios. ¿Por qué no comienzas el debate?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *