La mujer que nunca dejó apagar el fogón

La mujer que nunca dejó apagar el fogón

Por Norma Edith Sánchez

En una calurosa mañana de junio, doña Paulita Medrano
se fue en silencio, como vivió muchas veces sus días: sin avisar.
Así era ella. A veces la encontrabas sentada en su casita, con el brasero encendido y el café hirviendo, y otras, cuando ibas a visitarla, ya había salido quién sabe a dónde. Nunca decía. Era independiente, acostumbrada a caminar la vida a su manera.
Pequeñita de estatura, con un viejo trapo cubriendo su cabeza llena de canas y un mandil que parecía haber vivido tantas historias como ella, doña Paulita llevaba en el rostro las huellas del sol y del trabajo. Su piel morena, curtida por los años, contrastaba con unos ojos entre gris y azul que siempre parecían guardar recuerdos de la sierra de donde venía allá en Ocampo Tamaulipas.
Era doña Paulita, una mujer diminuta, siempre con un trapo viejo cubriendo su cabeza llena de canas, caminando despacito pero con una voluntad que parecía más grande que su pequeño cuerpo.
Siempre supe que era originaria de una comunidad en Ocampo.
Al parecer, sus rasgos la delataban: era de esas mujeres mexicanas de origen profundo. Su piel morena, en parte quemada por el sol, contrastaba con unos ojos entre azul y gris.
Así era ella: una abuela trabajadora, con su brasero siempre encendido para tomar café a cualquier hora del día, o para ofrecerte uno hervido cada vez que la visitábamos.
Era una mujer muy fuerte. Trabajó hasta sus 83 años, hasta una noche antes de partir. Iba a lavar trastes a una taquería cerca de su casa.
Aquella noche caminó de regreso y se enfiló a su casa para descansar, pero antes se dio un baño.
A la mañana siguiente fue encontrada dormida, en ese eterno sueño del que jamás despertó.
Solo quedaron los recuerdos: cuando iba a la sierra a cortar leña para que su fogón jamás se apagara, o cuando no se perdía ninguna boda ni quinceañera, porque era la cocinera del pueblo.
Hoy se extraña su esencia: su mandil viejo, su trapo en la cabeza, su café hervido.
Pero más se le extraña a ella. Porque su dulzura y esas manos callosas siempre estuvieron ahí para sus nietos…
pero sobre todo para mí.
Porque las personas se van, pero dejan encendido el fogón del amor para siempre..
Así era doña Paula Medrano.
Mi abuela.

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