Por Pegaso
En esta temporada de Navidad y Fin de Año como que se antojan unos tamalitos bien calientes con su chesco bien helado.
Eso es lo que pensaban los cobrapisos de la organización criminal Unión Tepito. Todos los días iban a tragar tamales gratis con Doña Rosy, una humilde mujer viuda, con tres hijos pequeños, cuyo único sustento era su puesto de tamales en una de tantas calles de la capirucha.
Pero además de atiborrarse con tamales de pollo, puerco y frijoles con su salsita bien picosa, los móndrigos malandros le pedían una cuota de 1,200 pesos diarios por dejarla vender su mercancía.
Cansada de todo eso, un día decidió ponerle fin a la situación: Preparó sus tamales como todos los días, en una enorme vaporera. Después los colocó diligentemente en varias ollas, de acuerdo con su contenido y se fue con su preciosa carga hasta el lugar donde colocaba su puesto todos los días.
Pero en esa ocasión hubo un ingrediente diferente: Veneno.
Ahí estaba Doña Rosy, atendiendo los pedidos de sus clientes normales, cuando llegaron aquellos torvos individuos, dispuestos a llenar la tripa.
Doña Rosy sacó los tamales “preparados” y los llevó a la mesa donde ya estaban esperando doce hambrientos sujetos, armados hasta los dientes porque, según comentaban, esa noche tendrían un trabajito especial qué hacer, a petición del mero mero capo de la organización.
Ellos no sospecharon de la comida. Pasaron los minutos y uno a uno, empezaron a sentir que la vista se les nublaba.
-¿Qué nos diste, vieja jija de la…..?-alcanzaron a decir, y todos cayeron al suelo desmadejados, dando sus últimos estertores.
Se armó un barullo en aquella concurrida calle. La policía llegó inmediatamente con las torretas y sirenas prendidas, generando un gran escándalo. La gente se arremolinaba alrededor de aquella escena.
Imperturbable, Doña Rosy se dejó esposar y trasladar a los separos de la corporación policíaca, donde se le fincarían cargos por homicidio agravado.
El caso levantó una gran discusión. Para las familias de los delincuentes, era una criminal peligrosa, pero para muchos comerciantes y familias de bien, era una heroína.
Las peticiones de libertad por parte de sus vecinos y amigos no tuvieron efecto alguno en el intachable juez, ya que el crimen había sido confesado por la propia mujer, que dejó en el desamparo a sus tres retoños.
No sé si este relato es real. Lo vi en las redes sociales.
Lo que sí es cierto es que en muchas partes del país ocurren situaciones similares, donde las personas humildes que se parten el lomo para llevar el sustento a sus familias tienen que acceder a entregar parte de sus ganancias a personas sin oficio ni beneficio.
Doña Rosy, real o ficticia, es un ejemplo de lo que no se debe hacer: Justicia por mano propia, porque eso contraviene el orden y las leyes.
Una buena purga de caballo habría sido suficiente para castigar a los truhanes. O usted, ¿qué opina?
Viene el refrán estilo Pegaso: “Posees un vientre audaz”. (Eres una panza aventurera).

