Por Pegaso
No sé si mis dos o tres lectores comparte la misma impresión que yo tengo cuando pasan un programa de cocina donde hay insectos como ingrediente principal.
Desde huevos de hormiga que se comparan con el caviar, chapulines, gusanos de maguey, larvas, renacuajos y toda una gama de criaturas rastreras y asquerosas que gracias a la magia de la alta cocina se convierten en delicatessen.
Yo, Pegaso, jamás comería algo como eso. Me recuerda aquella pegajosa canción que dice: “Nadie me quiere, todos me odian, mejor me como un gusanito. Le corto la cabeza, le saco lo de adentro y… ¡Ay, qué rico gusanito!”
Pero me preguntó quién sería el primero que se atrevió a probar esas porquerías, habiendo tantas cosas qué comer.
Los historiadores aseguran que eso ocurre, precisamente, cuando el alimento escasea en una comarca o en una región.
Como en las selvas de Vietnam, donde los lugareños atrapan peligrosos ciempiés gigantes (Scolopendra cingulata), los fríen en aceite y se preparan con ellos crocantes bocadillos.
En algunos lugares de Oaxaca, las hormigas chicatanas son trituradas para hacer un polvo, y con ese polvo se preparan salsas picantes que son un verdadero manjar.
Hay restaurantes mexicanos y algunos extranjeros con Estrellas Michelín que los sirven como sus platos estrella y cuestan miles de pesos.
Pero en otros lugares abunda la carne animal. En Perú y el resto de la cordillera andina, se come la carne de llama y alpaca pero difícilmente vamos a ver que se haga cóndor frito.
En ninguna parte del mundo, que yo sepa, se come águila, o tigre, o león, o hipopótamo.
Muchas veces el hábito alimenticio se relaciona con ideas extraídas de La Biblia, donde se dice que determinado tipo de animales son inmundos por su tipo de pezuñas.
Hay personas que por eso mismo, no pueden comer cerdo, en tanto que el resto de nosotros adoramos las ricas carnitas, los chicharrones de La Ramos o el chorizo.
Otro ejemplo es la carne de caballo. Mientras que en algunos países, y también en regiones de México, la carne de caballo se come habitualmente, muchos preferimos la de res y le hacemos el fuchi a la de cuaco.
Pero el caballo es incluso más recomendable que la vaca, porque su tejido es más magro. En cierta ocasión que fui a la Ciudad de México, pedí una milanesa en un restaurant. Me la trajeron y casi no cabía en el plato. Tenía tanta hambre que rápidamente la consumí, con una salsita molcajeteada y unas tortillitas recién hechas. Ya hasta el final, el mesero me dijo que era carne de caballo. Pero a mí me pareció que tenía una textura y un sabor muy similar a la de bovino.
En otra ocasión, aquí, en Reynosa, el propietario de una carnicería hizo una degustación de varios platillos preparados con carne de equino. Fuimos más de quince periodistas y todos alcanzamos a engullir aquellos opíparos alimentos. Salimos del local relinchando de gusto.
En Australia se come avestruz, en África, antílope y en el norte de Europa, el caribú.
Pienso que los que comen insectos son los pueblos más aislados y olvidados del mundo, porque en su entorno muy pocas veces tienen la oportunidad de hacer caza mayor o pesca, o bien, desconocen las bondades de la ganadería.
Pero si a usted le gustan los insectos y los ha incorporado a su dieta habitual, no tengo más que decirle: ¡Bon appétit!
Termino con el refrán estilo Pegaso: “De músculo lingual ingiero un cuenco”. (De lengua me como un plato).

