Por Pegaso
¡Mienten los cantantes del dueto “Los dos Carnales”!: Quico no envidiaba al Chavo, sino todo lo contrario.
Recordemos que en la canción “El Envidioso” se puede escuchar lo siguiente:
Y es que el envidioso es más peligroso y no por su persona.
Según, son amigos, pero por la espalda nunca te perdonan.
Yo sigo en lo mío y no los ocupo ni pa’ carcajadas.
Acuérdense que Quiko envidiaba al Chavo y no tenía nada.
Le atinan en algo: En los distintos capítulos que hemos visto de la popular serie cómica “El Chavo del ocho”, efectivamente Quico parece tener envidia de su amigo, ya que cada que éste saca un juguete hechizo, como un balero o un camión de hojalata, inmediatamente entra a su casa y saca uno nuevecito.
Más, en realidad, las cosas fueron al revés. Roberto Gómez Bolaños “Chespirito”, quien daba vida al zarrapastroso niño de la vecindad que vivía en un barril, era mucho menos popular que Carlos Villagrán, quien personificaba al cachetón sangrón, hijo de doña Florinda.
No sabría explicar muy bien ese efecto. Se supone que como personas comunes y corrientes deberíamos ser más empáticos con El Chavo, ya que este se encontraba en condición mucho más vulnerable, pero no es así.
En la vida real, Quico generaba más risas que todo el resto de los personajes de la vecindad juntos. Solo ron Damón estaría por debajo de él, ya que el resto de ellos solo se centraban en un solo chiste. Por ejemplo, la mejor gracia del profesor Longaniza era decir: “¡Ta, ta, ta, ta, taaaa!”.
La Bruja del 71 sacaba alguna sonrisa del telespectador cuando le decía “rorro” a Ron Damón. Doña Florinda, cuando le estampaba la cachetada a éste y el señor Barriga, cuando se caía al piso después del golpe que le daba El Chavo.
Tal era el éxito de Quico en todos los países de habla hispana, incluyendo en Brasil, que Carlos Villagrán llegó a pensar que le iría mejor por sí solo que con el elenco creado por Chespirito.
La realidad lo golpeó duro, porque sin la creatividad de Gómez Bolaños y el acompañamiento del equipo, Quico no pudo generar el mismo interés que la serie original.
Si mis dos o tres lectores coinciden conmigo -si no, pueden enviarme sus mentadas al hashtag #PegasoApesta-, era más creíble Carlos Villagrán en su personaje que el mismísimo Chéspiro.
Es decir, cuando veíamos a Quico, a pesar de que en estatura estaba casi tan alto como ron Damón y a pesar de los pelos que se le notaban en las patas, todos creíamos que en realidad lo que estábamos viendo era un niño de 9 años.
Por el contrario, cuando veíamos al Chavo, nadie nos podía convencer que era un viejo arrugado haciendo el papel de un escuincle. Esa era la diferencia.
Los gestos, la postura, los arranques… todo en Quico era más original y apegado al personaje infantil.
Y cuando vemos al Chavo, la mayoría pensamos no en un chamaco de 8 años, sino en un enano feo y pecoso.
Dicen que Ramón Valdez, ron Damón, fue el personaje más auténtico de todos, ya que no actuaba, sino que era él mismo. Se aprendía algunas líneas de su diálogo, pero la mayor parte era improvisado. Por eso mismo, cuando lo vemos en la pantalla, en aquellos memorables capítulos de la serie clásica (cuando aún estaba Quico), nos desternillamos de risa. Y aún cuando la situación era de lo más absurda y estrambótica, siempre sentíamos lástima por aquel tipo flaco y esmirriado, del que la vieja chancluda abusaba sistemáticamente.
Quédense con esas sesudas reflexiones. Termino mi colaboración de hoy con el refrán estilo Pegaso, cortesía de Federico Matalascallando De la Corcuera, verdadero nombre de Quico: “¡Gentuza, gentuza, ptrrrrr!” (¡Chusma, chusma, ptrrrrrr!)

