Por Pegaso
¿Y qué querían?
Pongan a un grupo de drogadictos en un espacio cerrado y no tardarán en hacerse garras.
Es lo que pudo haberle pasado a Richard Damián, de 28 años, quien murió en el Centro de Rehabilitación Jireh de la Patrulla Espiritual de Tijuana por asfixia mecánica (lo ahorcaron).
Derivado de ese y otros acontecimientos, hay en aquella ciudad varios periodistas a los que no les convence el trabajo filantrópico que realizan “El Chiquilín” y su Patrulla Espiritual.
La idea es muy buena. Un grupo de personas se ofrecen a rehabilitar a personas incorregibles que son un dolor de cabeza para sus familias. Con la aprobación de los padres, van por ellos, los suben de a aguilita a una camioneta y los llevan al centro de rehabilitación para darles entre 3 y 6 meses de terapia.
La terapia consiste, obviamente, en que se les priva de las drogas, se les dan estudios bíblicos, se les proporciona alimento, techo, ropa y cobijas y se les trata como a miembros de una familia.
Pero ahí está el problema. Solo un porcentaje de ellos logran la rehabilitación. El resto salen a las calles más picudos y resentidos con la sociedad. Algunos regresan a sus casas y toman venganza de sus familiares porque los obligaron a ir contra su voluntad.
No han faltado las riñas al interior de tales centros de readaptación. Sujetos de mirada turbia, idos de la mente, completamente alienados, colocados en un espacio cerrado o semicerrado, sin la posibilidad de conseguir drogas o alcohol… debe ser un verdadero infierno.
Hace apenas unos meses estuvo en Reynosa “El Chiquilín”, líder de la Patrulla Espiritual de Tijuana para anunciar el inicio de un nuevo albergue para “tazos dorados” o “sus amores”, como les dice.
Es un tipo muy alto, de casi dos metros de estatura y una presencia impresionante. Nadie en su sano juicio buscaría medirse con él, a pesar de ser un hombre de fe.
“El Chiquilín” saltó nuevamente a los titulares después de presentar una demanda en contra de un periodista de Tijuana por señalamientos que considera infundados.
De todos modos. El ejemplo de la “Patrulla Espiritual” y su impacto en las redes sociales ha servido de inspiración a otros grupos que también buscan rehabilitar a los “tazos dorados” que andan regados por todas las colonias populares de la ciudad.
Cuando una familia tiene a un hijo, nieto o hermano necio, que le entra a las drogas, que se la pasa de huevón sin hacer nada y que representa una amenaza, les hablan a ellos para que pasen por tal calamidad y le den su terapia de seis meses.
Como dije líneas ad supra, no todos logran rehabilitarse. Quienes “agarran la onda” y deciden dejar la vida de perros que tenían, es porque les llegó el tema religioso, o porque finalmente se dieron cuenta que su vida valía menos que un cacahuate.
Pocos son los que salen y se reconcilian con su familia, buscan un trabajo y se vuelven personas decentes.
Aquí estaría bien hacer un balance de esos grupos de ayuda para poner de un lado el beneficio social que se logra y por otro, el riesgo que existe de que haya problema graves, porque viéndolo bien, esos centros parecen más un reclusorio que una institución educativa.
Viene el refrán estilo Pegaso: “Pésimo arbusto jamás perece”. (Mala hierba nunca muere).

