Por Pegaso
Se convirtió en un fenómeno de masas prácticamente desde el primer día del Mundial. Alguien lo grabó siguiendo a su dueño, caminando por la calle, vestido con una casaca de la selección mexicana y de ahí, al estrellato internacional.
El pato Merlín es ahora un símbolo que une a millones de fanáticos mexicanos. Es el ingrediente que faltaba a esta justa deportiva.
Pudo haber sido cualquier cosa. Un cerdo, un perro chistoso, una gallina, una vaca o un loro. Pero lo que llamó la atención de la gente fue el coqueto movimiento de vaivén típico de ese tipo de ave.
A la fecha, el pato Merlín es centro de un acalorado debate. La Presidenta Claudia Shikitibum lo recibió en una de sus mañaneras, mientras que las madres buscadoras reaccionaron porque ellas han intentado por todos los medios posibles desde hace mucho tiempo que la mandataria les de unos pocos minutos para plantearle sus peticiones de apoyo.
El pato Merlín se ha convertido en el alma de este mundial y en la mascota oficial de la Selección Mexicana. Tanto así que algunas mercas comerciales están haciendo negocio con su imagen y hasta el ex presidente Felipillo Calderón ha recomendado a los propietarios que pidan regalías a la FIFA y a cualquier compañía que se cuelgue de su fama.
Yo, Pegaso, entiendo perfectamente este fenómeno. Entiendo también por qué de la molestia de las madres buscadoras.
Las organizaciones de búsqueda que hay por todo el país no han podido ni tan siquiera acercarse a la presidenta, menos ser apapachadas en pleno Palacio Nacional, como el famoso plumífero.
Les voy a explicar algo: El pato Merlín se ha vuelto una celebridad porque es un símbolo.
Un símbolo es un signo que representa una idea o concepto a través de una relación convencional y no natural con su objeto. Representa, como dije ad supra, el alma de este mundial para los mexicanos.
Y por desgracia, a la plebe, a la gente común y corriente la mueven los símbolos más que las causas. Eso está comprobado en todo el mundo.
Miren. Por miles de años el símbolo de la swástica fue sagrado en La India. Simbolizaba la buena fortuna, la prosperidad y la bendición espiritual. Pero los nazis la retomaron, le dieron la vuelta y la convirtieron en la marca del movimiento nacionalsocialista que abogaba por una raza superior y el exterminio de los más débiles.
Apenas leí que las madres buscadoras están utilizando otra estrategia para ver si ahora sí la presidenta Claudia Shikitibum les hace caso: Disfrazarse como el pato Merlín. Se presentaron en las puertas de palacio nacional, pero ni aún así los pelaron.
Yo les recomendaría que siguieran adelante con esa idea. Hagan del pato Merlín su símbolo. Si ahorita representa la euforia del futbol y la esperanza de que los maletas jugadores de nuestra selección podrán siquiera superar los cinco partidos en el Mundial, puede convertirse en un poderoso elemento de lucha a favor de las víctimas de la violencia.
Sin palabras, les podrían estar diciendo a los del gobierno: “¡Ya no se hagan patos y resuelvan el tema de la inseguridad y los desaparecidos!”
Termino mi colaboración de hoy con el refrán estilo Pegaso, cortesía del pinche gansito Marinela: “¡Haz reminiscencia de mi personaaaa!” (¡Recuérdameeee!)

