Por Pegaso
Viendo un video en Facebook sobre el trasiego de droga en Estados Unidos, basado en el libro que escribió un ex agente de la DEA, confirmo lo que siempre he dicho: Allá todo mundo las consume, desde niños de pecho hasta viejitos que ya no pueden ni con su alma; se les hace llegar por medio de una sofisticadísima red de distribución al milímetro y los narcotraficantes trabajan con el gobierno.
En dicho video se dice, por ejemplo, que en territorio norteamericano no hay capos. Hay individuos que se llaman “brokers”. Son los encargados de recibir los cargamentos de aquel lado de la línea divisoria y de aplicar toda la logística, venta y lavado de dinero.
Y mientras en México se andan peleando las migajas del negocio, allá obtienen ganancias de hasta diez, veinte o cincuenta veces más.
A pesar de que controlan enormes extensiones territoriales, nadie conoce por su nombre o alias a los “brokers”, porque han aprendido a no ser ostentosos. No andan en camionetonas, con cadenas oro en el pescuezo ni se mandan hacer películas o corridos.
Cualquiera puede ser un “broker”: Un vecino de al lado, un vendedor de electrodomésticos, un profesionista…
Algo que me llamó la atención fue que en la red de distribución tienen mucha importancia las madres solteras gringas. Mujeres con dos o más niños, ojo azul, güeritas, que son “contratadas” en la frontera para el traslado de la mercancía al interior del país. Se les pagan miles de dólares y un vehículo nuevo. Su única chamba es la de manejar de un punto A a un punto B, sin llamar la atención, teniendo siempre visibles a los niños. Mientras no incurran en una violación de tránsito, allá nadie las para, y llevar a los niños a bordo es lo más natural del mundo. Nadie pregunta, nadie investiga.
A pesar de la importancia de los “borkers”, que en la práctica son gángsters, capos o como quiera llamárseles, sus nombres no salen en los periódicos. Es más, nadie en el país de las barras y las estrellas sabe quiénes son.
Trabajan con el gobierno. El gobierno es el que les asigna el territorio que deben cubrir. Los agentes que controlan las entradas por los puentes internacionales ya saben a quienes tienen que dejar pasar…
El negocio de las drogas en aquel país es algo que todo mundo sabe que existe, pero del que nadie habla. Allá no hay narcoviolencia, no hay inseguridad y nadie se anda peleando un territorio, porque si no, el gobierno entra con toda su fuerza y los desaparece. La hierba o el polvo llegan a donde tienen que llegar. ¡El sistema perfecto!
He dicho en reiteradas ocasiones que allá todo mundo fuma o snifea. Son cientos de millones de consumidores. El consumo de mariguana, cocaína o drogas sintéticas forma parte del llamado “estilo de vida americano”. Todos están hasta la madre de drogas, y no me refiero solo a los estupefacientes, sino que deben todo: La casa, el auto, la ropa y todo lo demás, porque el crédito forma parte de su economía.
Así, pues, los Estados Unidos son un país de adictos. Si de pronto se les acaba la droga o se rompe el delicado mecanismo que se las hace llegar, se van a volver locos.
No es que sea yo un especialista en el tema, pero he observado que en el 99.99999% de las películas gringas se hace referencia a alguien que fuma, esnifea, o se menciona el consumo de cualquier estupefaciente.
Véalo por su propia cuenta. No hay más que ir al cine a ver alguna producción norteamericana, entrar a Nexflix o a cualquier otra plataforma para darse cuenta de lo presente que está la cultura del consumo por aquellos lares.
¿Ya vio usted la película Scary Movie 6, una parodia del “american way of life” llevada a la pantalla grande?
Termino mi colaboración de hoy con el refrán estilo Pegaso, cortesía del indio Maclovio, personaje de Luis De Alba: “Soy aborigen, sin embargo, observo”. (Soy guarín, pero me fijo).
