Por Pegaso
Los mexicanos hemos agarrado la moda de aplicar la palabra guachicol a cualquier cosa que signifique tranza, ilegalidad u operaciones sospechosas que son necesariamente delictiva.
Todo empezó con la adulteración de bebidas alcohólicas. Se le llamó “guachicol”.
La palabrita fue utilizada posteriormente para describir el robo de hidrocarburos y de ahí, se le empezó a agregar cualquier otra definición, por ejemplo, el “guachicol fiscal”, que es la importación ilegal de combustibles, más adelante tuvimos el “guachicol médico” que se practica en unidades hospitalarias de carácter público y consiste en la extracción de grandes cantidades de medicamentos por parte de directivos de esas instituciones para venderlos por fuera y ganarse una piscacha.
Sin embargo, últimamente ha aparecido el término de “guachicol electoral”.
Los prianistas, fifís y neoliberales se sacaron de la manga esa frasesita para definir los procesos mediante los cuales el partido MORENA ha ido ganando poder, gracias a sospechosas complicidades con los partidos satélite.
El “guachicol electoral” sí existe. No solo está en la cabecita calenturienta de la oposición.
Veamos:
Las coaliciones siempre han sido un mecanismo sospechoso para cumplir con algún objetivo que el partido en el poder desea impulsar en el Congreso. Alguna ley, iniciativa o punto de acuerdo.
Corríjanme si estoy mal. Los mexicanos tenemos varias opciones para escoger entre los distintos partidos políticos. Unos nos ofrecen libertades, democracia y respeto a la libre expresión, mientras que otros prefieren privilegiar a los pobres, pero lo hacen con jiribilla, es decir, para mantener el voto cautivo.
El PRI y el PAN, en el pasado, fracasaron estrepitosamente porque no cumplieron con sus propuestas y principios.
MORENA, en el presente, ha dejado pasar una oportunidad histórica de hacer un México mejor, y aún hoy, después de ocho años en el poder culpa a los gobiernos del pasado de todo lo malo que ocurre en el país.
Una coalición cancela completamente las opciones para el ciudadano. Es básicamente la renuncia de un partido a lo que propone, para sumarse a su competencia. De pronto, quienes votaron por ese partido por su ideología y principios fueran obligados a votar por otro diferente.
Hay ejemplos grotescos, como cuando se aliaron el PAN y el PRD, un partido de derecha con un partido de izquierda. Nada que ver.
Pero imaginemos un hipotético panorama: De repente, todos los partidos políticos registrados deciden hacer coalición. ¿Qué opciones quedan para el ciudadano que no está de acuerdo con lo que proponen?
Estaríamos más o menos en las mismas condiciones de Corea del Norte, donde el loquillo de su dictador, Kim Kong.gun ganó la elección con el 99999999% de los votos.
Claro que allá no hay oposición, pero para el caso, es lo mismo, porque en una coalición hay negociaciones de los dueños de los partidos satélite, que se convierten en verdaderos guachicoleros electorales.
Por cierto, ya quedó definido el Plan B de la Presidenta Claudia Shikitibum. El Partido Verde dobló las manitas, pero el Partido del Trabajo se mantuvo firme (no le llegaron al precio) y el dichoso Plan B pasó sin su componente principal: La Revocación de Mandato.
¿Es necesario más evidencia para comprobar que el “guachicol electoral” es una realidad?
Viene el refrán estilo Pegaso: “Que tu extremidad superior diestra ignore lo que realiza la siniestra”. (Que tu mano derecha no sepa lo que hace tu mano izquierda).

