Por Pegaso
Miren. Yo no tengo nada contra los influencers, a quienes se les llama también “creadores de contenido”, porque ellos cumplen con un rol en el ecosistema digital. El rol de llenar la cabeza de basura a los usuarios de las redes sociales.
Ese papel para la Cruz Roja de Ciudad Victoria, parece que es muy importante. Tanto así que en el reciente evento de arranque de la Colecta Anual se les asignó un sitio de honor como invitados por parte de los organizadores.
Mientras tanto, a los verdaderos periodistas, a los que se chingan todos los días para buscar la noticia y presentarla de manera profesional a los lectores, televidentes y radioescuchas, siempre nos han tenido parados, marginados, casi como parte del mobiliario.
A pesar de lo relevante de nuestro trabajo, parece que ante los ojos de muchos funcionarios públicos pesa más lo banal, lo trivial, lo intrascendente.
Antes, cuando los medios convencionales de comunicación tenían la batuta (televisión, radio, periódico), los periodistas éramos considerados líderes de opinión. Había prensa especializada en deportes, espectáculos, ciencia, arte, cultura, política y negocios, y en cada una de esas especialidades había detrás un periodista que hacía digerible la información técnica que le entregaban los entrevistados.
Era así como la gente se enteraba, con palitos y bolitas, de lo que sucedía diariamente en cualquiera de esos contextos.
No es posible para el público general, a menos que se tenga un doctorado en física nuclear, entender la importancia del descubrimiento de una nueva partícula subatómica, hasta que un periodista especializado lo traduce a un lenguaje más cotidiano.
Ese es el papel del periodista.
En política, muchas veces se dicen cosas que significan algo diferente. Y ahí está el reportero que cubre la fuente para explicarlo con pelos y señales.
Hoy es muy diferente. Los influencers solo tienen que tener un teléfono celular con datos, un microfonito, un soporte y su propia locuacidad para generar contenido chatarra.
No todos tienen éxito, pero los que lo tienen, pueden darse el lujo de tener una producción profesional, ir a lugares extravagantes y darse una vida de nuevos ricos.
Pocos son los que en realidad ofrecen un producto meritorio, como El Yulay, con sus documentales sobre tópicos algo escabrosos, o Luisito Comunica, con sus visitas a diversos países, o Verónica Zumalacarregui, con programas de corte gastronómico.
Pero la gran mayoría solo generan basura.
Ya decía yo ayer que si eres una mujer joven, tienes una cara linda y un cuerpo hermoso, ya la hiciste, porque hagas lo que hagas frente a una pantalla, millones de hombres te van a ver.
Entonces, con el evento de inicio de la Colecta Anual de la Cruz Roja, donde a los “creadores de contenido” se les asignaron sillas exclusivas y a los verdaderos periodistas ni los pelaron, ya sabemos más o menos hacia qué lado masca la iguana. Si lo que quieren es que más gente vea sus eventos, está bien, pero a final de cuentas somos los periodistas los que damos la cara para ofrecer la noticia de manera profesional, confiable y creíble.
Cabe mencionar que la ocurrencia de ponerles a los influencers esas sillitas rojas en el vento fue duramente criticado, no solo por los aguerridos y sufridos picateclas, sino por la misma sociedad, y se hizo viral por su significado implícito: Privilegiar el contenido chatarra.
Viene el refrán estilo Pegaso: “¡Eliminen mis signos vitales, puesto que perezco!” (¡Mátenme, porque me muero!)

