AL VUELO-Mesereando

AL VUELO-Mesereando

Por Pegaso

Yo, que voy casi todos los días a los cafés y restaurantes de la ciudad para enterarme de los chismes, redactar noticias o subir información a mis plataformas, me doy cuenta de la gran cantidad de viejillos rabo verde que van a ver a las meseras y hasta les hacen proposiciones indecorosas.
Pero ellas, como son bien honestas y recatadas, les hacen el fuchi y los mandan a freír espárragos con asombrosa facilidad.
Aún así, debido a la frecuencia con que van a esos santuarios del cotorreo donde, con una tasa de café de por medio se arregla el mundo, se logran establecer lazos afectivos con el personal que sirve en las mesas, y esto les conviene a ellas porque les dejan más propina.
Por supuesto, si el viejito que le coquetea a la mesera ve que esta también le echa ojitos, no quiere decir que le gusta o que está dispuesta a una aventura con él. No. Lo que ella quiere es que le dejen más propina para llevarles la papa a sus bendiciones.
Ellos, sin embargo, viven en una ilusión. Por su mente corren los nombres de las guapas meseras que los atienden, porque se los han aprendido con el paso del tiempo y hasta exigen que tal o cual mesonera les lleve su cafecito.
Hay un lugar por la calle Herón Ramírez donde, incluso, la taza ya tiene el nombre impreso del cliente cuando este llega.
Y así, nombres como Perla, Paola, Xiomara, Vianney, Itzel, Yeny, Marlene, Renata, Geovanni o Esperanza, se vuelven muy conocidos entre los añosos parroquianos que dejan generosas propinas.
Yo me pongo a pensar: En un improbable caso de que alguna de ellas le diga que sí al vetusto caballero que las pretende, ¿se acordarán ellos para qué la querían?
Como decía alguien por ahí: “¡Pos ya ni paraguas!”
El hecho es de que los cafés de Reynosa, de Ciudad Victoria, de Matamoros o de Tampico, y en general, de toda la República, favorecen ese juego medio perversón, donde el cliente entrado en años llega a creer que porque la mesera es amable, ya tiene oportunidad de algo con ella.
¡Y no! Como ya dije antes, la propina es lo que manda.
Sé de casos en que una mesera puede llevarse a casa hasta varios miles de pesos diarios, aparte del sueldo, que suele ser raquítico. Pero lo bueno es la propi.
Sé también que en algunos negocios el avispado dueño les pide la mitad de lo que ganan, o bien, se hace una polla entre todas las meseras y meseros para que también al cocinero, al del aseo y a la cajera les toque algo.
Pero el juego es ese. Hacer creer al cliente algo que solo está en su mente como una ilusión, sobre todo, si tiene más años que Matusalén.
Porque mientras más se lo crea, más propina deja.
En fin. Esa es una conclusión a la que he llegado después de cientos de horas frente a una humeante y olorosa taza de café, analizando el comportamiento de los clientes y del propio personal de servicio en los restaurantes de mi ciudad.
Véanlo por sí mismos mis dos o tres lectores. En la próxima ocasión que visiten La Estrella, el París, el Rey, el Tips, la Fábrica o el Al, vean cuán cantidad de viejillos bolsas miadas llegan a sentarse. Y casi todos ellos piden que los atienda su mesera de confianza.
Ojo: Los nombres o situaciones incluidos en esta publicación son solamente ficción. Cualquier semejanza con la vida real es mera coincidencia.
Termino mi colaboración de hoy con el refrán estilo Pegaso: “A la senectud, padecimiento propio de la infancia”. (A la vejez, viruela).

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