Por Pegaso
Ya no les gustó el arroz sin sal, acompañado de frijoles en bola. Ahora quieren pollo. Lo exigen. Lloran. Hacen berrinches.
“¡Queremos pollo, queremos pollo!”-gritan y piden la intervención de los organismos internacionales e imploran que se les respeten sus derechos humanos.
“¡No somos animales!-aseguran. ¡Queremos una segunda oportunidad!”
Sí. Todo eso ocurre en la CECOT (Centro de Confinamiento del Terrorismo), la cárcel de máxima seguridad de ese país pequeñito en extensión territorial llamado El Salvador.
Su Presidente, con P mayúscula. Su dictador. Nayib Bukele, ha logrado casi limpiar de bandas criminales las calles de sus ciudades. Un logro a nivel mundial del que pocos países en el mundo se pueden jactar.
El tirano Bukele ha impuesto un régimen de excepción, un estado militar y policiaco que usa tecnología de punta para buscar a los criminales pandilleros hasta en las ratoneras más ignotas.
Los videos que se nos muestran en las redes sociales nos dan imágenes de jovenzuelos saliendo de alcantarillas o de madrigueras, tratando de esconderse de la fuerza de ese gobierno abusivo, despótico, autocrático, autoritario y opresor.
Llegan al CECOT y son tratados peor que bestias. Se les quitan las raciones de comida. Se les mantienen recluidos en celdas 23 y media horas al día, hacinados, junto con miles de reclusos más.
¡No es posible tal salvajada!-dicen.
“¡Queremos pollo! ¡Queremos proteína!”-es el clamor que se escucha, y en otros países, como México se condena la manera en que el gobierno salvadoreño procesa a sus más sanguinarios criminales.
“¡Que se los lleven!”-Manotea Bukele.
“¡Si tanto los quieren, se los llevo a donde quieran!”-agrega.
Organismos como Amnistía Internacional, la Human Rights Watch, la ONU y otros entes de influencia mundial, no están de acuerdo con lo que ocurre en ese país.
Ellos quisieran que el trato que se da a los delincuentes sea más blando, que se les proporcionen sus tres alimentos diarios, con una dieta balanceada, supervisados por chefs de estrella Michelín, acompañados con un vino Chianti o un Rioja, aderezados con trufas negras y tiramisú como postre, en lugar de arroz y frijoles.
-Mira, loco, esto es lo que nos dan todos los días, puro arroz y frijoles-dicen los pandilleros presos, todos tatuados y de torva mirada.
La respuesta dura, pero necesaria del malvado dictador es esta: “Quien derramó sangre y aterrorizó a la gente no merece ninguna consideración”.
Es famosa la postura del tal Bukele con relación a la política de apapachos del Gobierno Mexicano al crimen organizado.
Para él, el hecho de que no se quiera combatir al narco de frente es señal de complicidad, sin embargo, la postura de ambos gobiernos obedece a dos muy diferentes concepciones de lo que es un criminal:
1.- Los criminales son seres humanos y merecen que se les respeten sus derechos. Se debe seguir un proceso judicial hasta comprobar su culpabilidad y aplicar la sanción correspondiente.
2.- Los criminales son monstruos, fieras sedientas de sangre que por sí mismos han optado por abandonar su calidad humana. Los derechos humanos son para los humanos derechos. Este último concepto se basa en el libro “El Derecho Penal del Enemigo” del alemán Gunter Jakobs donde a los delincuentes se les debe dar, precisamente, el trato de enemigos de la sociedad.
Y usted, ¿cuál de los dos le parece más correcto?
Termino con el refrán estilo Pegaso: “A enormes perversiones, enormes soluciones”. (A grandes males, grandes remedios).

